Una mirada desde la ciencia
Cuando vi este video de la Dra. Nadine Burke Harris fue un mazazo en la cabeza y un punto de inflexión para mí.
Por lo que sentí al verlo, y por todo lo que empecé a pensar a partir de ahí.
Desde la medicina y la salud pública, pone en palabras y evidencia algo que observo desde hace años en el trabajo con el trauma: el estrés crónico y la adversidad temprana dejan huella en el cuerpo, el cerebro y la salud a lo largo de toda la vida.
Comparto aquí la transcripción completa de esta charla TED. No tiene desperdicio.
Este marco científico es, además, una referencia central para el trabajo que realizamos desde RA.
Transcripción (traducción adaptada)
«A mediados de los años 90, el CDC y Kaiser Permanente descubrieron un tipo de exposición que incrementaba de manera dramática el riesgo de siete de las diez principales causas de muerte en los Estados Unidos.
En dosis altas, esta exposición afecta el desarrollo del cerebro, el sistema inmune, los sistemas hormonales e incluso la forma en que nuestro ADN se lee y se expresa.
Las personas expuestas a niveles muy altos tienen tres veces más riesgo de padecer enfermedades cardíacas y cáncer de pulmón, y una expectativa de vida hasta veinte años menor.
Y sin embargo, hoy los médicos no estamos entrenados para detectarla de forma rutinaria ni para tratarla adecuadamente.
La exposición de la que estoy hablando no es un pesticida ni una sustancia química industrial.
Es el trauma en la infancia.
¿De qué tipo de trauma hablo?
No hablo de desaprobar un examen o perder un partido de básquet.
Hablo de experiencias tan severas o persistentes que literalmente se meten bajo la piel y modifican nuestra fisiología: abuso, negligencia, crecer con padres con enfermedad mental, adicciones o violencia.
Durante mucho tiempo, yo misma vi estas situaciones como me habían enseñado:
o como un problema social —derivar a servicios sociales—
o como un problema de salud mental —derivar a salud mental—.
Hasta que algo ocurrió que me obligó a replantear todo.
Cuando terminé mi residencia, quise ir a un lugar donde realmente me necesitaran, donde sintiera que podía marcar una diferencia. Empecé a trabajar en el California Pacific Medical Center y abrimos una clínica en Bayview-Hunters Point, uno de los barrios más pobres y desatendidos de San Francisco.
Antes de eso, había solo un pediatra para más de 10.000 niños.
Nosotros ofrecimos atención de primera calidad, sin importar la capacidad de pago.
Cumplimos todos los indicadores clásicos: acceso a la salud, vacunación, hospitalizaciones por asma. Estábamos orgullosos.
Pero empecé a notar algo inquietante:
muchísimos niños llegaban derivados por diagnóstico de TDAH.
Cuando hacía una evaluación profunda, la mayoría no cumplía criterios de TDAH.
Lo que sí tenían era un historial de trauma severo.
Algo no estaba encajando.
Antes de mi residencia había estudiado salud pública, y hay una enseñanza clásica:
si cien niños toman agua del mismo pozo y 98 tienen diarrea, uno puede recetar antibióticos… o preguntarse qué hay en ese pozo.
Así empecé a leer todo lo que encontré sobre cómo la adversidad temprana afecta el desarrollo del cerebro y el cuerpo.
Hasta que un colega me mostró el Estudio de Experiencias Adversas en la Infancia (ACE’s).
Ese día cambió mi práctica clínica, y más tarde, mi carrera.
El estudio ACE’s, realizado por el CDC y Kaiser Permanente, encuestó a más de 17.500 adultos sobre experiencias adversas en la infancia: abuso físico, emocional o sexual; negligencia; enfermedad mental o adicciones en la familia; encarcelamiento de un familiar; separación parental; violencia doméstica.
Cada experiencia sumaba un punto.
Luego correlacionaron ese puntaje con resultados de salud.
Los hallazgos fueron contundentes:
Primero: las ACE’s son extremadamente comunes.
El 67% de la población tuvo al menos una.
Y uno de cada ocho tuvo cuatro o más.
Segundo: existe una relación directa entre cantidad de adversidad y deterioro de la salud.
Cuantas más ACE’s, peores resultados.
Con cuatro o más ACE’s:
- el riesgo de EPOC se duplica
- el de hepatitis también
- el de depresión se multiplica por cuatro
- el riesgo de suicidio se multiplica por doce
Con siete o más ACE’s:
- se triplica el riesgo de cáncer de pulmón
- y se multiplica por tres el riesgo de enfermedad cardíaca isquémica.
Algunos dijeron: “Esto no es ciencia, es mala conducta”.
Pero ahí es donde entra la ciencia de verdad.
Hoy sabemos que la adversidad temprana afecta:
- el núcleo accumbens (placer y recompensa),
- la corteza prefrontal (control de impulsos y aprendizaje),
- y la amígdala (respuesta al miedo).
Incluso sin conductas de riesgo, el cuerpo queda alterado.
La razón es el sistema de respuesta al estrés, el eje hipotálamo–hipófisis–adrenal.
El mecanismo de lucha o huida.
Imaginen encontrarse con un oso en el bosque: el cuerpo responde perfectamente.
Pero ¿qué pasa cuando el oso vuelve a casa todas las noches?
Ese sistema deja de ser protector y se vuelve dañino.
Y en niños, cuyos cuerpos aún se están desarrollando, el impacto es enorme.
La adversidad no solo cambia el cerebro:
afecta el sistema inmune, el hormonal y hasta la expresión genética.
Comprender esto tiró por la borda mi formación previa.
Porque cuando entendemos los mecanismos de una enfermedad, es nuestra responsabilidad usar esa información para prevenir y tratar.
Así nació el Center for Youth Wellness.
Comenzamos con detección sistemática, equipos interdisciplinarios, abordajes integrales: salud mental, nutrición, visitas domiciliarias, intervenciones holísticas y medicación cuando es necesaria.
Y algo más: educamos a las familias sobre estrés tóxico como se educa sobre enchufes o intoxicación por plomo.
Cuando uno entiende esta ciencia, quiere gritarla desde los techos.
Yo creí que esto se implementaría rápidamente en todos lados.
No pasó.
Y entonces entendí que no era solo una práctica clínica:
era —y es— un movimiento.
Durante mucho tiempo me pregunté por qué no habíamos tomado esto más en serio.
Pensé que quizá habíamos minimizado el problema porque no nos incluía.
Como si el trauma infantil fuera algo que solo les pasa a “otros”:
a ciertos barrios, a ciertas familias, a ciertos códigos postales.
Pero los datos muestran exactamente lo contrario.
El estudio original de ACE’s se realizó en una población mayoritariamente blanca y universitaria.
Esto no es un problema marginal.
Y entonces empecé a pensar que tal vez la razón era la opuesta.
Que no lo miramos de frente porque sí nos incluye.
Si preguntara cuántas personas crecieron con alguien que atravesaba una depresión, una adicción, una enfermedad mental, varias manos se levantarían.
Si preguntara cuántos crecieron con castigos físicos, gritos o miedo, se levantarían aún más.
Incluso en una sala como esta, este tema toca a muchos de nosotros.
Y empecé a creer que lo evitamos no porque no nos concierne,
sino precisamente porque nos concierne demasiado.
Porque mirar esto implica mirarnos.
Y muchas veces preferimos no hacerlo.
Preferimos enfermarnos antes que ver.
Afortunadamente, los avances científicos —y también las realidades económicas— hacen que mirar para otro lado sea cada vez menos viable.
La ciencia es clara: la adversidad temprana afecta la salud a lo largo de toda la vida.
Hoy empezamos a comprender cómo interrumpir ese camino que va del trauma temprano a la enfermedad y a la muerte prematura.
Como dijo el ex presidente de la Academia Americana de Pediatría:
“Las experiencias adversas en la infancia son la mayor amenaza de salud pública no abordada de nuestra época.”
Esto puede resultar abrumador.
Pero también es profundamente esperanzador.
Porque cuando contamos con el marco correcto, podemos utilizar las herramientas correctas.
Esto es real.
Esto es tratable.
Esto es prevenible.
Y lo más importante: esto nos incluye a todos.
Yo creo que nosotros somos el movimiento.
Gracias.»

